Como psicóloga comprometida con la Salud Perinatal y de la Mujer atiendo con frecuencia mujeres y madres que sufren en sus carnes y almas las consecuencias de cesáreas que terminan dejando huellas profundas en sus vidas, tanto en el plano sexual y reproductivo, como en el relacional, de su autoestima y de su salud en su amplio sentido “bio-psico-social”.

Tras haber sufrido en silencio, haber compartido su sentir en foros especialmente creados para el apoyo psicológico a la cesárea y partos traumáticos, haber “deambulado” por distintas consultas profesionales, huyendo de diagnósticos que parecían requerir irremediablemente de tratamientos farmacológicos, tras haberse sentido incomprendidas, juzgadas y acalladas, algunas mujeres llegan a la consulta sintiendo la necesidad de sentirse escuchadas, de reparar los daños vividos en paritorio, sanar el vínculo con su bebé, recobrar confianza en su voz interior y (re)aprender a amarse, honrando sus cicatrices de maternidad y la belleza que desprende de su transformación.

No es tarea fácil y a menudo un arduo camino aquello de sanar a la mujer herida para que nazca la madre poderosa, un verdadero viaje inciático, así como nos cuenta Jeannine Parvati Baker a través del Mito de Inanna.

Aquella tarde de diciembre de 2009 tocaba el timbre de mi consulta Soila* para asistir a su primera visita, concedida con urgencia tras la petición y sugerencia de una sensible y despierta residente de matrona del Centro de Salud al cual la mujer –embarazada de 34 semanas- acudía para el seguimiento de su primer embarazo.

(c) visit finland - geo.es

(c) visit finland – geo.es

La llamada recibida unos días antes por parte de la futura matrona me anunciaba un “caso complicado”. Me dejó pensativa y con alguna hipótesis rondando en mi cabeza…Al parecer, la «paciente» había desconcertado el personal sanitario y una consulta con la psicóloga perinatal parecía ser “el último cartucho”, el paso previo a la derivación a psiquiatría, recomendación rechazada rotundamente por la mujer, así como había rechazado anteriormente las  pruebas rutinarias de seguimiento del embarazo y la idea de un parto vaginal. Me comentaban que estaba encerrada en un silencio ausente, que no hablaba ni castellano ni catalán y que, de la voz de su marido, pretendía explicar que quería dar a luz a su hijo por cesárea programada, cuando se le ilustró reiteradamente que en la Sanidad Pública Española no está prevista la posibilidad de una cesárea electiva “por un simple capricho de la mujer”, ya que la cesárea es una cirugía mayor, que conlleva sus riesgos y por esta razón se realiza exclusivamente bajo indicación médica, en presencia de patología y/o riesgos para la salud de la madre y/o del bebé. Las recomendaciones de la OMS, la Estrategia de Atención al Parto Normal del Ministerio de Salud y la buena praxis obstétrica recomiendan un parto fisiológico en el caso de un embarazo sano. A estas alturas existe evidencia científica de sobra como para poder afirmar que un nacimiento sano es una cuestión de Salud Pública. Y un nacimiento sin violencia, con respeto y dignidad, el primero entre los Derechos Humanos, me permito agregar.

Cada vez que la futura madre reiteraba su deseo con respecto al nacimiento de su bebé hacía referencia al hecho que en su país –a “mujeres como ella”- se les concede programar una cesárea. “No entiende que aquí estamos en España y las cosas se han de hacer bien, según las recomendaciones del Ministerio y la evidencia científica” me comentaban las profesionales y, ante la actitud “tozuda, desconfiada y desafiante” de la “paciente” no quedaba otra que enviarla al psiquiatra.

Pero un angelito de la guarda estaba velando por Soila y le abrió la posibilidad de hablar con una psicóloga, también extranjera, y que hablaba inglés…con la esperanza que se pudieran entender y así aclarar dudas, acercar posturas, facilitar la comunicación con los profesionales sanitarios…

Habiendo trabajado durante años con personas de distinto origen cultural y lingüístico, así como con mujeres víctimas de violencia, reconocí en la descripción del comportamiento de la mujer respuestas familiares. Sin embargo recuerdo haber decidido dejar mi cabeza en blanco, para poder escuchar a Soila sin prejuicios y dejarme sentir frente a ella, en el caso decidiera algún día acudir a mi consulta.

La mujer que se presentó en la puerta aquella tarde parecía salida de un cuento de Astrid Lindgren! Menuda, de tez rosada, ojos celestes, nariz pequeña y puntuda y dos trenzas de un rubio clarísimo que asomaban de su gorro de lana tejido a mano.

Foto de la web: hamacas.org

Foto de la web: hamacas.org

La recibí con una sonrisa y descubrí inmediatamente la suya: abierta y con dientes fuertes y blancos. La invité a sentarse en la hamaca, reservada muy especialmente a las mujeres embarazadas y madres lactantes (y gracias a la cual me gané el mote de “Hängemattenpsychologin”, la “psicóloga de la hamaca”, entre las risas cómplices y divertidas de mis compañeros de Facultad).

Lo primero que me sorprendió fue su castellano fluido y limpio (¿!) Lo segundo que me asombró fue su conexión con su voz interior, con su cuerpo y con la naturaleza tan añorada, teñida de los colores de la Aurora Boreal. Por un momento dudé de que fuera realmente la mujer de la que me habían hablado…estaba confundida.

Soila me confesó haberse sentido incomprendida  a lo largo de su embarazo. Por ello, por los constantes mal entendidos y por los problemas de comunicación (que no lingüísticos, por lo visto) se había encerrado en si misma, se había negado a las visitas vaginales, a las analíticas, a la prueba de la glucosa y las demás pruebas que sentía como invasivas, que la hacían sentirse vulnerable -una vez más- en las manos de personas/profesionales con quienes «no lograba conectar». Todo esto hacía que le subiera la presión cada vez que pisaba el consultorio de la matrona o el mismo hospital (mientras que cuando la medía en la farmacia estaba perfecta!).

Esto no funcionaba así en su país, me repetía una y otra vez… Confesó sentirse aterrorizada frente a la idea de un parto vaginal, y menos en aquel paritorio frío y sórdido del Hospital que “le tocaba por zona”. Estaba incrédula ante la negativa de los sanitarios frente a una cesárea electiva y programada ¡no le podían negar su derecho a dar a luz a su hijo como ella quisiese, ya que era su cuerpo, su hijo, su vida! Además en su país, a “mujeres como ella” se les ofrecía un acompañamiento al embarazo muy específico y con posibilidad de una cesárea electiva. Es más, ella reivindicaba su derecho a una cesárea estando completamente anestesiada! No entendía porque le estaban refutando esta posibilidad si hasta la Princesa Letizia había dado a luz por cesárea programada y sin tapujos a la futura Reina de España!?!

La observaba y la escuchaba atentamente, entre un sorbo y otro de la infusión de canela que compartíamos y cuyo aroma empezaba a endulzar el ambiente.

¿Dónde había quedado la mujer muda, ausente, desconfiada, desafiante?

Sus palabras fluían como un río cuyas aguas habían quedado demasiado tiempo estancadas detrás de una presa..! Sus ojos me miraban buscando complicidad, hasta el momento en el que se dejó caer hacia atrás, dejándose acunar por el movimiento rítmico de la hamaca.

Tras un breve silencio, mirando algo más allá de mi persona, preguntó si yo también pensaba que estaba loca.

La miré a los ojos cuando le pregunté si era una respuesta a esta pregunta lo que ella esperaba de mi. Sacudió la cabeza. En voz baja dijo que estaba deseando que la comprendiera, que ya no sabía como ni donde buscar ayuda.

Mi cicatriz me pellizcó. Entonces me dirigí a Soila en voz baja: “Soila, no se si podré ayudarte. Para saberlo necesitaría que me ayudaras tu a mi primero. ¿Quieres contarme lo que te pasó y como sobreviviste hasta llegar aquí?”

Luego de volver a apoyarse en mi mirada llegó un decidido “Si”.

(continúa)

* El nombre y algunos detalles de las personas y de la historia han sido modificados para preservar su privacidad e intimidad.