Un ingreso hospitalario entre la vida y la muerte a los pocos años de edad, cuando la Muerte te mira a los ojos y luego decide distraerse, mirando a otro lado,  dejándote de vuelta en los brazos de la Vida. La angustia de mamá y papá, el corre-corre de médicas y médicos, enfermeras y enfermeros, los ruidos metálicos y las luces blancas y cegadoras del quirófano, el olor a medicamentos y sangre, el dolor, la herida, la cicatriz…Una experiencia que justifica la evitación de cualquier hospital a lo largo de toda una vida, al no ser estrictamente necesario. Y aún así, estando totalmente dormida, mejor.

Una agresión sexual que marca la primera experiencia íntima con el otro sexo, el juego entre el recuerdo y la la negación de sensaciones desagradables como el asco, la vergüenza, el dolor, el sentirse inadecuada, incómoda…todo dificulta la construcción de una sexualidad plena y su disfrute con el otro, dejando un sabor de boca amargo tras ver -años después- la marca de positivo del test de embarazo. Una sensación de ambivalencia entre alegría y miedo había perturbado Soila a lo largo de la gestación de su primer hijo y -desde el silencio de sus entrañas- le parecía ardua tarea la de poder abrir un canal de nacimiento natural para recibirle a la vida.

Soila se había convertido en una experta en disociar cuando la situación la superaba, en aguantar el dolor extremo teniendo algún hueso roto tras sus “periplos”, debidos a su afición a los deportes de alto riesgo…pero parir NO era para ella: “de allí” no podía salir nada. Ni nadie, por supuesto!

La cesárea programada, con anestesia total parecía ser la solución a todos sus problemas. ¿Cómo era posible que su necesidad y decisión no fueran dignas de ser respetadas?

Entendí.

Las experiencias traumáticas no resueltas en combinación con la idiosincrasia (y ¿para que negarlo? la arquitectura) de la institución sanitaria no estaban facilitando sino la expresión de estrategias ensayadas a lo largo de toda la vida de una mujer superviviente.

Embarazo de 34 semanas, tocofobia, trauma y –queriendo- un largo etc. Según el DSM IV-R (la Biblia de la Psicopatología Humana) hubiéramos podido «deleitarnos» con diversos cuadros clínicos, para concluir con un diagnóstico claro, que justificaría una intervención terapéutica adecuada.

No teníamos mucho tiempo que perder, aunque mis conclusiones clínicas servirían –más adelante- para fructíferas interconsultas y para redactar indicaciones claras y bien fundamentadas cara a las profesionales que acompañarían a Soila en el nacimiento de Lior.

‘¿Que estás esperando de mi, Soila? ¿Qué necesitas de mi?’

‘Que me ayudes a tener una cesárea programada y con anestesia total’.

Su tono y su respuesta no dejaban lugar a dudas. Aquí una mujer que me pedía ayuda para llevar a cabo su plan de…¿parto? No ¡su plan de acción!

Teníamos entre cuatro y ocho semanas por delante (según pintaba todo, más bien cuatro que ocho).

Estaba dispuesta a acompañarla en su travesía, aún sin poder garantizar por su éxito, así como ella entendía «el éxito» en aquel momento. Aclaramos el marco y el contrato terapéutico, la gestión de responsabilidades, la motivación, los límites…Mis límites. Decidí proponer un plan de intervención desde el Coaching Maternal que desarrollé con la Dra. Astrid Schreyögg, trabajando desde los recursos según el modelo de la Salutogénesis de Aaron Antonowsky y, más específicamente, desde el enfoque de Verena Schmid. Soila estaba conforme.

Prudencia. Honestidad. Respeto.

Lo primero que sentí que debía hacer fue tranquilizarla en cuanto a la cesárea. Sin gustarme, recordé que en este país la doble moral permite sin mayor dificultad y en última instancia planificar una cesárea en la Sanidad Privada. Alguna Clínica se vanagloría de ofrecer un «parto a la carta» y de contar con la colaboración de renombrados cirujanos para realizar cesáreas respetuosas. Y, además, nos venden la cesárea como si fuera una opción de parto responsable y segura para la madre y para la criatura, como si una cesárea no doliera (nadie nos habla de su recuperación), casi fuera un rasguño, ni tuviera consecuencias sobre la vida sexual y reproductiva de la madre y no comprometiera la salud inmediata y futura del bebé. Si las mujeres no estamos atentas en un plis-plas podemos caer, como un suculento bocadito, en las fauces del hambriento negocio de la salud! Y muy especialmente en las áreas de ginecología y obstetricia.  Al mismo tiempo, en la Sanidad Pública la atención al parto y nacimiento depende más del criterio clínico y ético de los profesionales, de las recomendaciones del Ministerio de Salud basadas en la evidencia científica y -como no- de una pizca de suerte.

Me parecía importante que una mujer inteligente y adulta como la que tenía en frente tuviera la posibilidad de madurar una decisión informada y responsable  con respeto al nacimiento de su bebé, a la vez que trabajaríamos para reducir su ansiedad, potenciar el nivel de su autoeficacia, promover el vínculo prenatal con su bebé cara a una vivencia enriquecedora del nacimiento de su hijo y, posiblemente, reparadora para la madre. La intervención vertería –además- en la prevención de posible psicopatología durante el puerperio (otro gran miedo de Soila eran la lactancia, el puerperio en ausencia de su familia de origen, etc.).

“No tenemos mucho tiempo, Soila. ¿Te gusta leer?” pregunté sin muchos rodeos.

Su respuesta nos unió en una carcajada que marcaría el comienzo de una alianza: “En mi tierra tenemos seis meses de oscuridad total…¿Qué te crees que hacemos todo este tiempo encerrados en casa delante de la chimenea? ¡Soy una máquina en leer!”.

Llegó a la siguiente consulta devolviéndome los libros que le presté para que pudiera madurar una decisión informada, pensando en un nacimiento por cesárea. También recomendé bibliografía que ilustra la fisiología del nacimiento en los mamíferos humanos y textos más poéticos…

No supe que pensar cuando me trajo de vuelta todo el material. Pregunté si había tenido oportunidad de leer algo y esclarecer alguna duda.

¡Había leído absolutamente todo!

“Ahora tengo otro problema” anunció en tono irónico “ya se que no quiero dar a luz por cesárea…pero no tengo aún la clave para abrirme y recibir a mi hijo como se merece!”.

No solo había leído, había buscado fuentes de buena información en internet, compartido los conocimientos con su compañero, reconocido su necesidad de seguridad, intimidad y respeto en un momento tan delicado como el parto y madurado la decisión de querer darle a su hijo la posibilidad de venir al mundo de la forma más sana posible. Casi me caigo de la silla cuando afirmó en tono serio y seguro que realmente consideraba que la mejor opción –priorizando la salud y la seguridad del bebé y suya- sería parir en su casa!

Se produjo el “click” no solo en su cabeza, sino en su corazón, en sus vísceras, en la intimidad de su útero.

Fueron semanas intensas de búsqueda, de reencontrar el humor y la alegría, de contacto amoroso con su cuerpo y su bebé, de visitas de todos los hospitales públicos de la isla y de entrevistas con matronas y ginecólogas, de informarse sobre sus derechos como usuaria, de rescatar todos sus recursos y ponerlos al servicio de su bienestar, del proceso de toma de decisiones conscientes, de la elaboración de un plan de parto y nacimiento.

Finalmente, junto a su pareja, decidieron esperar el momento en el que Lior quisiese nacer. Eligieron un pequeño hospital comarcal que les acogió en sus necesidades, aceptó su plan de parto, conociendo las preferencias de Soila, entre las cuales figuraban el poder ser asistida solo por personal femenino, evitando -en la medida de lo posible- exploraciones y tactos vaginales, respetando sus tiempos y ritmos, sin tener a la vista material sanitario o de quirófano, sin tener una vía puesta por protocolo, con el fin de propiciar una experiencia hospitalaria reparadora y una vivencia propia de su vida sexual -el parto- sana y gratificante.

La comunicación fluida que el personal del hospital mantuvo conmigo, acogiendo mis sugerencias e indicaciones, facilitó enormemente que Soila se sintiera cada día más serena, entregada a la voluntad de su bebé y de la vida. El clima que se creó en torno a la futura familia fue de confianza y alianza.

Cuando todo estaba preparado, Lior decidió venir al mundo. Soila rompió la bolsa amniótica en casa en una noche despejada y fría de finales de enero. Las aguas eran claras y el parto inició de forma espontánea.

Al llegar al hospital el personal la acogió como en casa…ni luces fuertes, ni “olor a hospital”, ni instrumental a la vista. Solo matronas acompañando desde la confianza y el respeto hacia la futura madre y su bebé, apoyados en el futuro papá. Soila respiraba tranquila sus contracciones rítmicas, meciéndose y tatareando una melodía antigua, en idioma sami

Todo fluía…hasta que las aguas turbias y el meconio pastoso llegaron para advertir que el bebé estaba señalando algo importante. Algo a tomar en cuenta.

Foto: Kate Kärrberg

Foto: Kate Kärrberg

(continúa)