Clara no salía al patio a jugar el 11/09, aunque fue solo con 10 años cuando me explicaron que para su madre aquella fecha estaba marcada en negro en el calendario de su vida. Clara se quedaba en casa, con su mamá.

La culpa por sobrevivir, la culpa por estar fuera de Chile, la culpa por ser la única de sus hermanas y hermanos que logró escapar, embarazada de Clara. Aquella culpa la ataba a la cama, transformándose en migrañas en los raros momentos en los que su sonrisa alegre dejaba de iluminar su rostro porcelanoso, de lineamientos dulces.

Por cortesía de la autora: Alfonsina Ramírez Cortés.

Todo se convertía en turbio y oscuro el 11 de septiembre, el día del Golpe de Estado cuando -en 1973- las Fuerzas Armadas de Chile y los Carabineros derrocaron al Presidente Allende. Nunca supe ni me atreví a preguntar que exactamente paralizaba aquella mujer, atrapándola en los recuerdos de su vida pasada…

En 1974 nacía Clara en el exilio, quedándose apartide los primeros años de su vida. Recuerdo que, como era unos cuantos años menor que yo, terminaba casi siempre siendo “la niña” en nuestros juegos “de mamás”, en los que finalmente nos encontrábamos saltando la comba, dibujando en la calle con tizas o merendando en casa de una u otra…

Ni Clara, ni yo podíamos imaginar que- unos veinte años más tarde- yo me encontraría sentada casi a diario frente a mujeres chilenas de la generación de nuestras madres, escuchando relatos de terror acerca de las atrocidades sufridas años antes, en su tierra perdida…Aún cursaba el último año de psicología cuando empecé a trabajar con refugiados que habían sido víctimas de la tortura organizada por el Estado.

Estaba en Berlín. Allí había muchos exiliadas y exiliados provenientes de Chile…miles y miles, aunque no había sido fácil –a mediado de los años ’70- recibir asilo político en aquella BRD que tanto miedo le tenía a “los revolucionarios” de izquierda, a penas una década después del final de la Guerra Fría y la construcción del muro que separaba las dos Alemanias.

Español: Fotografías de personas desaparecidas...

Fotografías de personas desaparecidas tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile.

A Berlín siguieron llegando chilenas y chilenos a lo largo de los años ’80 y ’90, algunos de los cuales fueron compañeras y compañeros de carrera. Con algun@s compartí todos los seminarios optativos y cursos de “psicotraumatología” ofertados en nuestra facultad, en realidad muy poco solicitados en aquellos años.

Más tarde algun@s nos reencontramos trabajando –primero como intérpretes y luego como psicólog@s- en uno de los Centros de Tratamiento a Personas Víctimas de Tortura pionero en Europa.

Fuera del trabajo no hablábamos nunca de todo lo que entraba en nuestros oídos en español y salía de nuestras bocas en alemán. Saliendo del trabajo me quedaba un fuerte ardor en el pecho…e imaginaba que a ellos también. O más…? – me preguntaba sin querer conocer la respuesta.

Seguí trabajando allí como psicóloga hasta mi mudanza a España.

Historia tras historia, me hice recipiente (en varias ocasiones poco más alcancé a dar de mi) de las vivencias de mujeres chilenas que acudían a la Clínica. Se intentaba no dignosticar TEPT, aunque todos los síntomas perduraban desde hacía meses, años. Y escuché a sus hijas, a las Claras de la segunda generación, a quien salpicaron generosamente las consecuencias del trauma vivido por las madres (abuelas, tías, primas, hermanas…) en sus vidas anteriores al exilio.

A 40 años de aquel 11 de septiembre de 1973 me encuentro con un texto titulado “Violencia sexual a las mujeres en la Dictadura” que evoca las voces de las mujeres y sus destinos en los tiempos mas negros de la historia de Chile. Leo frases e historias de vida que reconozco, donde la violencia sexual sistemática y premeditada hacia las mujeres asume dimensiones que van más allá de la tortura, ya que no solo pretende quitar a la mujer la condición de ser humano, pisotear su dignidad y anular su sentir, sino que atenta contra sus úteros, su descendencia, el futuro de la estirpe y de la humanidad.

40 años más tarde los verdugos quedan impunes, en un juego de vidas y de muertes, de escondites y silencios de generaciones mudas, a quien se les pide “perdonar”; mujeres que siguen marcadas en sus vísceras y sus corazones, mujeres resilientes que han luchado por hacer lo mejor de sus vidas, por re-construirse, por amar a sus hijos, en el deseo de que estuvieran libres de sus ataduras y estigmas.

Me he preguntado millones de veces si, como psicoterapeuta, sería legítimo emplear la palabra “perdón” frente a una persona que ha vivido tanta brutalidad en su vida por la mano de otro(s) ser(es) humano(s). No he logrado nunca sentirme con el derecho de hablar con las mujeres chilenas que acudieron a psicoterapia de “aquel perdón”.

Hoy deseo recordarlas todas, aquellas mujeres que tanto me enseñaron y que llevo conmigo en cada encuentro con la violencia dibujada en los cuerpos femeninos o aquella más refinada, que no deja marca visible en los cuerpos y se instala -sin pedir permiso- en el alma de tantas mujeres y madres…

Muy especialmente quiero recordar a Clara y a su madre, a Fresia (que me enseñó a pelar los tomates para la ensalada!), a aquella mujer que me acusó de ser una espía cuando –de repente- se encendió la pantalla de mi ordenador por un movimiento involuntario de mi mano en la mesa de la consulta…y se fue sin nunca más volver, dejándome claro –de una vez por todas- que la confianza es el resultado de un duro y largo trabajo en la psicoterapia con víctimas de tortura y la puedo perder de un plumazo. Nunca pude explicarle, nunca pude disculparme con ella personalmente y me descubro haciéndolo en mis pensamientos, cada vez que la recuerdo. Y también deseo rememorar a E., quien finalmente decidió quitarse la vida tras festejar junto a muchos, en las calles de Hamburgo, la detención de Pinochet en el frío del octubre de 1998. Pensaba que ya había obtenido justicia y no había más razón de seguir sufriendo. No se que hubiera sido de ella, si hoy estuviera entre nosotras y pudiera ver que nada de aquella justicia llegó nunca.

Y sobretodo quiero acordarme hoy de todas aquellas mujeres chilenas supervivientes y resilientes, de las extraordinarias mujeres chilenas que admiro, que he sentido cerca y que siempre supieron regalarme unas carcajadas de vida, a sabiendas de estar escapando(se) de la mismísima muerte.

¿Cómo perdonar?