Estaba nerviosa. Me era extraño pensar que nos volveríamos a ver y trataba de imaginar como sería, después de doce años, volver a tener a Paulina* cara a cara, al alcance de un abrazo. «¡Han pasado doce años!» me repetía sin dar crédito. Me encontraría con una mujer, ya no con los ojos transparentes de aquella chica de 16 años que tanto me enseñó, en mis primeros pasos como psicóloga.

Pasaron doce años desde que tuve que planificar aquella temida «sesión de cierre», «pasar el testigo» a la nueva colega y despedirme de Paulina, así como de otras y otros niñ@s ex-soldados, quienes compartían historias de vida muy parecidas. Fue duro: ella fue la última de quien me despedí en el Centro de Atención a Víctimas de Tortura del Hospital de Westend en Berlín, antes de mudarme a España.

Dibujo de mi despedida, realizado entre tres: Paulina, mi colega Caroline y yo.

Paulina había llegado de Angola a Alemania poco más de dos años antes, con sus casi 14 años, una vida de pocos meses gestándose en su vientre de niña-mujer y su historia a cuestas. Llegó sola, aterrizando en Moscú, desde donde emprendió el viaje en tren hasta Berlín, itinerario conocido como la «ruta de los angoleños»…Era otoño, hacía frío en Europa y Paulina no llevaba más que la ropa que tenía puesta, un pasaporte con unos datos aprendidos de memoria, un papel en la mano con escrito el nombre de una persona y un futuro incierto por delante. Las instrucciones habían sido escuetas: buscar a un policía, pedir por esta persona y pronunciar alto y claro la palabra «Asyl», asilo. Una vez acogida en un hogar destinado a «menores refugiados no acompañados», las educadoras  y las trabajadoras sociales no tardaron en reconocer los síntomas habituales del Trastorno por Estrés Postraumático: pesadillas, disociación, desconfianza, miedo…Miedo, y miedo…

La derivación al programa del BZFO era casi siempre inmediata (y, por supuesto,  subvencionada). Se trabajaba en equipo, de forma interdisciplinar y con una perspectiva clínica transcultural, en muchos casos con intérpretes socio-sanitarios debidamente formados, en red con otros profesionales que acompañaban a los pacientes en su dia a dia: educadores, trabajadores sociales, maestros, y luego los abogados, los jueces, las instituciones pertinentes…

Como Paulina, también llegaban otros niñ@s ex-soldados, principalmente desde Angola, Mozambique, República Democrática de Congo, más tarde también Colombia, Sierra Leona: sol@s, asustad@s, víctimas de las barbaries de los adultos que destrozaron su vida emocional, destruyendo el sentido de su infancia por completo.

Numerosas niñas y mujeres llegaban embarazadas. De todas las que llegué a conocer, no había ninguna que hubiese deseado el bebé que su cuerpo estaba gestando, muy a pesar de sus condiciones de salud y las adversidades que habían vivido en el trayecto migratorio. Me sorprendía entonces de como, en ocasiones, la fuerza de la vida desafía la misma. Las violaciones estaban (y están!) a la orden del día en el (a veces largo) camino migratorio y en las selvas donde se combate día y noche sin que la mayoría de niñ@s soldad@s sepan exactamente para que y contra quien hay que disparar.

Sabemos que las mujeres y los niños representan el número mayor de víctimas de persecuciones sistemáticas en los conflictos armados. Pero casi no se habla de las niñas y menos de sus destinos como soldados. Un informe publicado en 2006 por Amnistía Internacional denuncia que entre 1990 y 2003 las niñas servían como soldados en ejércitos oficiales, milicias, paramilitares y/o grupos armados de la oposición en 55 países, a pesar del informe de Graça Machel de 1996, al que siguió la aprobación de la resolución 1261 (1999) de la ONU y, más adelante, la resolución 1539 (2004) sobre la protección de los niños en los conflictos armados, en la que el Consejo de Seguridad de la ONU condenó enérgicamente el reclutamiento de niñ@s soldados y la violación y otras formas de violencia sexual contra ellos, recordando la responsabilidad de los Estados de poner fin a la impunidad y enjuiciar a los responsables de los crímenes perpetrados contra niños. No obstante siguen siendo a día de hoy alrededor de 300.000 l@s niñ@s implicad@s en conflictos armados en más de 30 países.

Paulina tenía 8 años cuando, al volver del colegio con su hermano menor, fue asaltada en frente de su casa por un grupo de hombres armados, quienes entregaron a los dos niños el arma con la cual les ordenaron disparar a su madre y a su abuela, antes de robarles para siempre la inocencia y la infancia. Los hermanos fueron separados en un campo de entrenamiento de UNITA (União Nacional para a Independência Total de Angola), donde se encontraban miles de niños para su adiestramiento a la muerte y para honrar, servir y temer a Jonás Savimbi, el jefe supremo de los rebeldes de UNITA. Paulina no vio nunca más a su hermano y hasta hoy en día desconoce su paradero o si aún se encuentra en vida.

La vida de Paulina se transformó de repente en una pesadilla, suavizada a ratos por drogas inhibidoras del miedo. La alternativa a la primera línea del frente consistía, como fue en su caso, en la esclavitud sexual, la preparación de la comida para las tropas y transportar armas de un campamento a otro. Paulina llegó a considerarse privilegiada, ya que llegó el día en el que fue intercambiada por utensilios de guerra, y así entregada a las fuerzas armadas de FLEC (Frente para a Libertação do Enclave de Cabinda) en Cabinda, donde fue «casada» con un comandante cuando apenas tenía 12 años. Un marido le garantizaba «protección» y cierta «tranquilidad», siendo que «no me pegaba, ni me obligaba a mantener relaciones sexuales con otros soldados».

Como esposa pudo gozar de algunos «privilegios», a pesar de tener muy claro que un intento de fuga significaría la muerte más despiadada. Había presenciado demasiadas veces la muerte lenta de otros niños y niñas, ahogados lentamente en los agujeros cavados en el barro…

Con Maria* podía ir a buscar comida. Maria se convirtió en su mejor amiga, su hermana, su madre y su confidente…su compañera de planes de huida, con quien compartía temores y secretos, quien conocía los caminos entre las ramas de la selva, quien tenía contactos secretos con «la señora de la iglesia«. Un día pasaron juntas la frontera invisible…las plantas de los pies de Maria tenían grabado cada centímetro de sendero en la selva de Cabinda y un poco más allá de ella. Las estaban esperando. Se quedarían escondidas unos días en un lugar seguro. Y luego saldrían para ir lejos, ojalà sin separarse nunca.

El plan no salió como esperado. El «lugar seguro» no pudo garantizar seguridad por más de 48 horas, aunque Paulina y Maria lograron escapar, con dos pasaportes y los billetes de avión en la mano. Su objetivo era encontrar la manera de salir por el norte, alejarse de Angola y del territorio militarizado. Durante semanas las dos niñas buscaron salida sin éxito. La situación en los alrededores era cruenta, aunque ellas no conocieran los detalles ni el desenlace de los conflictos de los países limítrofes. Kinshasa estaba recién tomada por los rebeldes de Kabila. Angola seguía sumergida en la Guerra Civil.

Los meses que siguieron fueron devastadores para Paulina, quien perdió para siempre a su amiga y compañera de viaje y de sueños, quedándose nuevamente sola a la merced de la barbarie de hombres transformados por la guerra en seres sin escrúpulos, escapando de cualquier lugar sin saber hacia donde ir, ni donde llegar. Maria falleció al estallar una mina bajo sus pies. Paulina se salvó, deseando morirse para irse con ella y salir del infierno en tierra. Recuerdo perfectamente como este deseo persistió aún durante todo el tiempo del tratamiento psicológico. Y recuerdo como yo me desesperaba con ello (!). El sentimiento de culpabilidad por seguir en vida es una de las secuelas más persistentes y autolesiva de la mayoría de los y las supervivientes.

Finalmente Paulina alcanzó la «libertad»…un concepto completamente abstracto, algo tan desconocido para una niña nacida y criada en la guerra…una libertad sin seguridad, sin confianza, sin amor, sin absolutamente nada que le resultara familiar o conocido. Mi sotaque brasileiro al hablar su idioma materno, el portugués, era lo más familiar en su nueva vida y, a la vez, los suficientemente «exótico» como para suscitar su curiosidad, sorprenderla o, en alguna rara ocasión, robarle una carcajada. Cada sonrisa era un éxito…y una carcajada todo un lujo! Sus dientes blancos y fuertes iluminaban sus ojos y despejaban su mirada.

Este 11 de octubre Paulina estaba en frente mío, su mirada directa a mis ojos me confirmaba que era ella. Y que había crecido. Allí estaba una bella mujer con sus 28 años, saludándome emocionada, en un alemán perfecto, casi como disculpándose por ‘haber olvidado’ el portugués. Hoy Paulina es educadora social, dedicada en alma y cuerpo al trabajo con adolescentes inmigrantes. Su mirada me dice que es una mujer y una educadora social extraordinaria, en el sentido literal de la palabra.

Este 11 de octubre Paulina representa para mi a todas las niñas del mundo a quienes se sigue robando el Derecho a la Infancia.

¡Y volvió a sorprenderme! Tenía algo en la mano. Era una piedra semi-preciosa que yo le entregué la tarde anterior a la interrupción voluntaria de su embarazo. Un peluche o una muñeca no hubiera significado mucho para aquellas niñas, asustadas frente a una interrupción voluntaria de embarazos frutos de muchas violaciones, sin saber si algún día se les concedería asilo político en Alemania o si el día de mañana tendrían un hogar donde criar a sus hijos. Cuanto miedo y cuanta inseguridad…tal vez -pensé un día- una «piedra mágica» podría servir como amuleto, ya no tanto para consolar y calmar las lágrimas de la noche anterior a la intervención, ni tampoco para llevarles el miedo a no sobrevivir a la misma…sino para que se sintieran -de alguna manera- protegidas por algo, por alguien…más poderoso que un jefe militar. Paulina decidió que era «su piedra de la suerte».

Ahora decidió…que ya no la necesita. Ya encontró el Amor.

Te admiro profundamente, querida pequena grande mulher…sim, você! Hoje escolhi Paulina para você…

* (nombres modificados por la autora)