El ritmo vertiginoso es el mayor depredador de la unión madre-hijo

Nacida en Buenos Aires en 1958, a los 22 años se graduó en París en psicopedagogía clínica, especializándose más tarde en temas de familia. De orientación junguiana, se formó con la renombrada psicoanalista francesa Françoise Dolto y se dejó inspirar por el trabajo del ginecólogo y obstetra francés Michel Odent, padre del parto en agua.

En toda su obra insiste en que el período inmediato después del nacimiento es la etapa que más impresiona en la constitución del ser humano. Aquello con lo que se encuentra será lo que luego sentirá que es la naturaleza de la vida.

Vive en Buenos Aires, donde en 1990 fundó Crianza, Institución que dirige y donde funciona una Escuela de Capacitación para profesionales de la salud y la educación, grupos de crianza para madres, un equipo de doulas a domicilio para mujeres puérperas, terapias individuales y de pareja y publicaciones sobre maternidad y crianza. Es autora de tres libros que exploran el universo de la maternidad y los vínculos familiares: La maternidad y el encuentro con la propia sombra, Puerperios y otras exploraciones del alma femenina y Crianza, violencias invisibles y adicciones. Su cuarto libro La revolución de las madres está en preparación.

¿En qué medida el ritmo vertiginoso de la sociedad en qué vivimos afecta a la relación madre-hijo?

Efectivamente el ritmo vertiginoso es el mayor depredador de la unión madre-hijo. Justamente porque el ritmo del niño es originalmente lento, suave, silencioso, fusional. Todo niño necesita tiempos largos para entrar o salir de situaciones, como despedirse de la madre, reconocer nuevamente la llegada de la madre, ingresar en ámbitos diferentes, reconocer a otras personas que ingresan en su abanico de percepciones, aunque sean personas que haya visto en otras ocasiones. Una semana es un siglo en las percepciones del niño pequeño. Si visita a sus abuelos los domingos, necesitará cada domingo un tiempo prolongado de adaptación hasta incluir en su universo funcional la presencia de dichas personas. Cada vez que nos apuramos con los niños pequeños, el resultado esperado será un fracaso.

Un término central en tu obra y que ya se ha identificado con tu mensaje y con tu persona es maternaje. ¿Nos quieres explicar a que te refieres exactamente con esta palabra?

Pues al hecho materno, que no tenemos muy claro qué es porque lo hemos perdido después de tantos años de cultura de consumo. El acto altruista de cuidar al otro, de fundirnos en las necesidades del otro, de darles prioridad por sobre nuestras propias necesidades, se ha convertido en una rareza. Sin embargo, la crianza del niño humano depende de la calidad del maternaje recibido.

¿Qué pasa con las mujeres de hoy, las de múltiples identidades difíciles de ensamblar en un solo cuadro: las mujeres, madres, profesionales, parejas, hijas, amigas, hermanas, amantes…¿Cómo encajamos la maternidad en este ser mujer?

La única identidad que no encaja es la de madre. Todas las demás identidades o funciones son compatibles. Por eso podemos ser exitosas en el plano laboral, tener relaciones de pareja, múltiples relaciones sociales, amistades, proyectos y viajes; sin que se resienta nuestro rol en el mundo. Todas estas maneras de ser mujer suceden en el mismo plano: en la visibilidad del intercambio social. En cambio, la función materna sucede en otro plano; en un mundo invisible, silencioso, resguardado, fuera del intercambio económico y difícilmente reconocido según los parámetros que hoy circulan en la sociedad.

¿Cómo encaja tu aportación sobre la importancia del maternaje con la apuesta por la equiparación de las mujeres en el mundo laboral?

Pues yo creo que el problema no es trabajar. Yo trabajo desde los 15 años, me siento orgullosa, y además soy feminista de la primera hora. El problema es la valoración que le otorgamos al desempeño en el mundo laboral suprimiendo toda valoración a cualquier actividad que no sea rentable o visible. En este sentido, le hemos quitado toda visibilidad a la maternidad, y ése es el motivo por el cual sentimos que si permanecemos con los niños, quedamos devoradas por un túnel oscuro. Por eso, el problema no es trabajar, el gran problema es regresar a casa y tener disponibilidad emocional para entregar al niño, ya que en ese momento entramos en una dimensión desconocida, invisible, desvalorizada, por lo tanto inexistente. Nadie quiere vivir en la invisibilidad. Muchas veces el trabajo es nuestro refugio, nuestra identidad, nuestra valoración. Pero profundamente, no es el trabajo lo que entra en contradicción con el maternaje, es el uso que hacemos de él.

¿No queda la madre con demasiada responsabilidad en la crianza?

Ese es el problema hoy. Toda madre que pretende hacerse cargo emocionalmente de sus hijos, queda sola. No hay colectividad, tribu, aldea ni comunidad, que avale y se haga cargo en conjunto del maternaje que los niños necesitan. A lo sumo, el problema queda en manos de la pareja de padres. Sin embargo una sola mamá y un solo papá son demasiado pocos para criar un niño. Tenemos que darnos cuenta que una madre puede sostener, criar, cobijar, amamantar y permanecer con un niño pequeño, sólo en la medida en que ella misma esté suficientemente cobijada, amparada, sostenida y valorada por la comunidad. Claro que el papel de la madre es fundamental, pero para que cada niño esté en excelentes condiciones para crecer, depende de toda la comunidad.

¿Cuál es el papel del padre en este contexto?

No podemos hablar del padre sin tomar en cuenta que estamos todos, hombres y mujeres atrapados en la cárcel de la familia nuclear. Hoy suponemos que el padre moderno debe cumplir múltiples funciones: ser moderno, ocuparse de los niños, ayudar en las tareas domésticas, asistir al parto, (sobre todo eso, cualquier hombre adelanta muchos casilleros en la valoración del vecindario si presencia el parto de su mujer…). Sin embargo los matrimonios fracasan en la mayoría de los casos cuando hay niños pequeños. ¿Por qué? Porque estamos demasiado solos. Los padres lo pasan tan mal como las madres: estresados, solos, aislados, confundidos y exigidos. Hay una cosa que sí podemos hacer, para que el panorama no resulte tan desalentador: dialogar dentro de las parejas. Contarnos lo que nos pasa. No exigirnos ni pedir al otro algo que no estaba firmado en el contrato original (en letra chica, como todos los contratos). Decirnos con claridad lo que estamos en condiciones de ofrecer. Darnos aliento. Reconocer las limitaciones que tenemos. Pedir ayuda y conversar, nunca dejar de conversar, pero sin acusar, sino diciendo qué es lo que nos pasa.

¿Cómo se pueden preparar los padres para la renuncia que supone tener un hijo?

Ah… esa es la gran pregunta. Creo que circula pésima información al respecto. El embarazo debería ser un período en que la pareja debería prepararse para la renuncia a las necesidades individuales, comprendiendo que son necesidades infantiles, es decir, que en el fondo, no hay nada personal demasiado importante, salvo para nuestra vivencia infantil (sobre este punto he desarrollado mi libro Crianza, violencias invisibles y adicciones). Es importante que la preparación a la maternidad y paternidad se sitúe en este nivel de búsqueda personal. De todas maneras, difícilmente podamos abordar la inmensidad de la entrega, hasta que el niño no esté efectivamente en nuestros brazos. Una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es tener la experiencia. Eso lo sabemos todos los que hemos tenido hijo hace poco tiempo… porque luego ¡esos aspectos los olvidamos!

¿Cuál ha sido tu experiencia con adultos, madres y padres vacíos de mamá, que arrastran este abandono emocional?

Casi todos llegamos a la adultez relativamente carentes en el terreno emocional, lo sepamos o no. Por eso nos resulta tan difícil hacernos cargo de la crianza de los niños pequeños. Sin embargo tenemos dos opciones: echarle la culpa a los niños quejándonos de que son demasiado demandantes, demasiado caprichosos o demasiado exigentes, o bien intentar un trabajo de indagación personal: reconocer, recordar, asumir de dónde venimos, comprendernos más. Y luego, asumiendo nuestras carencias, buscar ayuda para que el niño no tenga que seguir pagando los precios por desamparos transgeneracionales.

¿Qué consecuencias tiene el abandono emocional en nuestra capacidad de amar de forma respetuosa y genuina y, finalmente, en nuestra calidad de vida?

Yo creo que la verdadera prevención y la posibilidad de hacer cambios profundos hacia el futuro, podemos implementarla en ese momento: cuando tenemos niños pequeños. Es menester tener mayor conciencia sobre nuestras carencias y limitaciones, trabajar con nosotros mismos, comprendernos más, tocar los lugares dolorosos que el alma desechó de la conciencia y poner especial énfasis en escuchar al niño y responder absolutamente a sus necesidades. Y si nos resulta demasiado costoso, pedir ayuda. Los niños llegan al mundo sabiendo amar. Pero lo van olvidando a medida que sufren el desamparo y el abandono emocional. No me cabe ninguna duda de que los adultos tenemos que aprender de los niños y también del niño que hemos sido.

¿Qué cambios sociales permitirían que la relación padres-hijos pudiera ser más tranquila?

Pues yo creo más en los cambios individuales… que luego, sumando experiencias positivas en el interior de cada familia… se vayan constituyendo en cambios colectivos. Si cada madre o cada pareja comienza a sentir su necesidad personal de escuchar al niño, de permanecer con él la cantidad de tiempo que el niño requiera, de atender sus necesidades sin menospreciarlas… pues no permitiremos en el mundo social, que en el jardín de infantes por ejemplo, los maestros nos digan que ese niño necesita límites o que ya es demasiado grande para reclamar a su madre cuando apenas tiene tres años. Y al ver que es un niño conectado con su ser interior, habrá algún maestro, alguna otra madre, algún niño que querrá saber cómo lo hace. Definitivamente, creo que es mejor operar en los pequeños cambios individuales que reclamar a la sociedad que cambie.

¿Cómo tenemos que entender un puente entre la falta de maternaje y la violencia social?

Hay un paralelismo entre las pequeñas guerras emocionales que libramos todos los días y especialmente todas las noches contra los niños, y cómo vamos organizando mecanismos de supervivencia desde que somos pequeños para hacer frente al abandono, al punto de entender que la vida es una batalla constante. El desprecio por el otro, la humillación, la manipulación, las obsesiones, las adicciones, la negación de los deseos del otro son parte de nuestra vida diaria. Luego, es sólo una cuestión de escala. Lo que pasa en cada hogar es lo mismo que sucede en la comunidad, en la ciudad, en el país o en el mundo.

¿Qué soluciones ves? ¿Cuál es el primer paso que deberíamos dar los adultos de hoy para sanar estos vacíos, salvar a nuestros hijos y ver el futuro con más optimismo?

Trabajar sobre uno mismo, recordar, poner la inteligencia al servicio de nuestros recuerdos dolorosos, dar la razón a los niños, hacer una práctica permanente de introspección, escuchar, hacer silencio, dar prioridad a los demás.